Soldado Urbano en 2007

Ante la presencia de pensamientos deliciosamente rastreadores, el individuo
se rinde. Suelta su fúsil, se limpia la cara de ese maquillaje negro (ridículo
camuflaje en él) y se quita el casco (o más bien su elegante sombrero). Poco a
poco se va desatando las botas, con lentitud, esperando que un acto de
renovación lo haga retroceder en sus acciones, pero el ritmo continúa igual. No
hay cambios delatadores de un nuevo arrepentimiento y mucho menos de
voluntad. Comienza el mismo procedimiento con su otro protector de pies.
Pasa cada cuerda lentamente por los pequeños enganches de metal, haciendo
del verbo un ritual,

acariciando el cuero con el cuero, deslizando sus manos
para evitar un final predecible… Zapatos fuera. Se detiene e inmóvil observa el
barro sobre el que ahora descansan sus delicados calcetines. Al parecer es
una sensación bastante agradable. ¿Será barro lo que pisa? Observa,
nuevamente observa, y no, no es barro, ni es espeso, ni pegajoso. Tampoco
ingrato. Es entonces cuando nuestro ahora, un poco más aventurado individuo,
decide actuar. Se pone de pie y respira. De verdad respira y aprovecha para
estudiar de qué prenda es recomendable despojarse. Se mira
las manos, los brazos, las piernas… pero un irremediable deseo de liberar sus
pies lo hace volver a sus calcetines. Se sienta y se deshace de esos forritos
que calientan los dedos, trabajadores de largas jornadas. Vuelve a pisar y
cerrando los ojos trata de definir el material que le produce esa agradable
sensación. No hay forma… ¿césped?, ¿Agua? ¿Sábanas? ¿Barro?, no,
recuerda, esa opción ya estaba eliminada; quizá podría ser una espesa
miel. Tampoco, ¡no! El material no es capaz de colarse por lo dedos y menos
de refrescarlos. Es algo diferente, una mezcla más que de temperaturas, una
especie de escalofríos por el cuerpo, indefinibles a su vez en grados
centígrados u kelvin o en cualquier medición que el hombre utiliza para explicar
fenómenos. Son extraños escalofríos, de esos que se deslizan por el cuello
cuando se siente que alguien respira cerca. Se gira con precaución, para ver si
descubre a su espía, hace un giro de 180º, de una lado hacia el otro y
viceversa, con gesto un poco paranoico, para descubrirse completamente sólo.
Extraño, piensa. Estaba casi seguro que alguien más respiraba en el recinto,
pero no hay nadie.

Vuelve a mirar al suelo. Ya sabe dónde se encuentra, es madera lo que sujeta
su cuerpo, aunque no pareciera en un principio. Es madera, la misma que cada
día pisa al levantarse, la que sujeta su cama, le que aguanta sus pasos. No hay
nadie, está seguro que no hay nadie. Pero el escalofrío, la ropa, los calcetines
en el suelo y el aire vacío, continúan paseándose por su cuerpo y resbalándose
por su garganta.

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