Más que un niño, daba la impresión de algo poseso, no precisamente de ira,
pero abstraído en algún pensamiento extraño que terminaba reflejado en su
cara con un gesto de odio. Tenía unos 6 años de edad, más su mirada hacía
pensar en Dorian Gray, justo momentos antes de ver por primera vez los
cambios en su retrato. Quizá su cuerpo no haya sobrevivido más de 6 años,
pero sus ojos, allí estaba la clave de más de 3 décadas de cosas observadas, y
casi podría asegurar, que sentidas.
El tiempo que pasó desde el instante en que el soldado lo vió sentado en el tren en
dirección contraria, y el golpe de su inesperado susto, pudo haber sido
quizá, de unos 7 segundos. En 7 segundos esa diminuta figura demostraba
una fuerza implacable. Ni siquiera fue necesario que dirigiera su cabeza en
dirección a la suya. Fue un nervio nada apetecible.
Cuando el vagón del tren desapareció, su imagen continuaba reflejada en
su cabeza de manera exacta. Y como una explosión en su cerebro, la culpa
comenzó a surgir, por ser capaz de ver en un pequeñuelo de rizos, tantas
energías oscuras.
El soldado sigue pensando hoy que fue una alucinación.
No quiere recordar lo que vió aunque tenga la certeza de haberlo visto.
