Ha aprendido a despedirse. De si, del amor, de la amistad, de la cotidianidad, de los sueños, del aire, del hambre, del día, de la noche, de la desilusión y a veces de la ilusión. A su vez, el soldado ha aprendido a reencontrarse con todo, a convertir ciertas cosas en transcendentales, amables al corazón, cariñosas al alma. Ha aprendido a sonreír con la voz de los demás y recobrar la ilusión por un futuro reencuentro. Ha entendido que la piel es sabia y cabezota. Que los olores son eternos en la memoria y las sensaciones se reviven con cierta idolatría, a veces falsa, a veces certera, que ni vale la pena analizar, solo sentirla.
