El Soldado Urbano, la serotonina y la reconciliación su sombrero…

Y a más de 15 días de haber abandonado la droga de la «felicidad» una recaída en picada lo pone a prueba. El Soldado Urbano se autocompadece, se retuerce y se cansa… camina descalzo pero no sirve de nada… no encuentra nada. Le tienden lianas que no quiere, porque quiere demostrarse que puede volar solo. Paso que da, paso que cae un poquito más abajo, casi de forma kafkiana se va hundiendo dentro del asfalto. Un stop propio, un bofetón de aire caliente lo despierta. Cómo no confesar que no entiende nada, que está agotado de que cíclicamente se repitan estas escenas de disparos, estos pequeños suicidos de autoestima que parecen atrayentes y divertidos pero que son, un juego de su cerebro desde que perdió su sombrero, un juego maquiavélico que lo persigue y lo reta, lo reta sin ningún sentido, más que hacerle dar pasos atrás. Camina despacio y a lo lejos, bajo un coche, ve el sombrero que quería, ese que sin frutos ha estado buscando por todas partes… estaba allí, siempre ha estado allí, sólo que a veces se le olvida y se le pierde de la memoria. Se acerca cauteloso, no vaya a ser que salga volando. Se acerca y se agacha despacito. Extiende sus manos con delicadeza y lo roza. Es real. El soldado esboza una sonrisa de alivio, de alegría, de llanto, de paz. Lo coge ahora con fuerza, no quiere volver a perderlo. Se levanta y lo mira detenidamente, se apunta en su alocada cabeza cada uno de los detalles para que no se le vuelva a perder de la memoria. Toca cada una de sus costuras, imprime en sus manos todos los colores que lo conforman. Lo mira de nuevo y despacio lo lleva con sus dos manos a su cabeza, ahora libre de casco. Se lo ajusta bien, quisiera coserlo a su cabeza para no perderlo de nuevo, pero sabe que eso no es una buena idea. Así que decide reconciliarse con él, sentirlo en su cabeza y ajustarlo. Hacerlo parte de su cuerpo nuevamente y volver a querer lucirlo. Volver a querer tenerlo porque siempre le había gustado. El Soldado Urbano lleva su sombrero en la cabeza. Camina tímido por miedo al viento, pero ahora una sonrisa se ha impreso es su cara. Un momento de reconciliación.

 

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